Expectativas económicas 2025 – 2026: Chile, entre proyecciones de crecimiento y necesidades de ajuste fiscal

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  • Pese a la leve mejora en las expectativas de crecimiento para este año y el próximo, de la mano del repunte que tuvo el cierre de 2024, el debate sigue centrado en determinar de qué manera podemos recuperar el óptimo nivel de crecimiento de cara a la próxima década.

Por Equipo Empres@ctiva / Fotografías: Franco Miranda M.

El crecimiento económico del país, o más bien la falta de él durante la última década, ha sido uno de los principales temas de debate en la agenda pública nacional. Y aunque los números siempre se prestan para diferentes interpretaciones, lo cierto es que a esta altura es difícil encontrar voces (al menos fuera del mundo político) que avalen o se sientan conformes con el desempeño de la economía chilena a partir del año 2014.

Es más, en ambientes académicos y en círculos de mercado suele calificarse recurrentemente al período comprendido entre 2014 y 2024 como “la década perdida”. ¿Por qué? Básicamente, porque en ese período el modelo económico estuvo sometido a fuertes cuestionamientos, provenientes mayoritariamente desde la clase política y desde la esfera pública (bajo distintas administraciones), lo que se tradujo en un paquete de reformas y ajustes normativos que, claramente, terminaron afectando el clima de inversiones y generando incertidumbre respecto de temas estructurales que hasta entonces no se encontraban cuestionados.

¿Qué dicen los números para los años 2025 y 2026?

Desde mediados del año pasado, las proyecciones de crecimiento económico para Chile en los años 2025 y 2026 reflejan expectativas moderadas, y coinciden casi con exactitud, situando las estimaciones entre el 1,5% y el 2,5% anual. Estas cifras, además, se alinean con el crecimiento potencial, que se sitúa en torno al 2%, y con lo que se ha venido señalando reiteradamente en los últimos años: la economía chilena deberá implementar una serie de transformaciones estructurales si quiere volver a tener la opción de crecer a tasas cercanas al 5%, como ocurrió repetidamente en la década del 90 y principios de los 2000.

El Banco Central, en tanto, en su Informe de Política Monetaria (IPoM) de marzo 2025 recientemente publicado, eleva sus proyecciones de crecimiento originales, desde el rango de 1,5% a 2,5% declarado en diciembre pasado, hasta uno que va entre 1,75% y 2,75%, para el bienio 2025 – 2026. Estas estimaciones advierten sobre un mayor gasto público y un impulso del sector externo, contrarrestados por una menor expansión del consumo privado y la inversión empresarial.

Por su parte, el Fondo Monetario Internacional (FMI) ajustó ligeramente sus expectativas para Chile, proyectando un crecimiento del PIB de 2,3% en 2024 y un rango entre 2% y 2,5% para 2025. Estas cifras reflejan una moderación en comparación con estimaciones anteriores y destacan la necesidad de implementar reformas estructurales que impulsen la productividad y la inversión.

Asimismo, el Banco Mundial, en su Panorama General de fines de 2024, anticipa que el crecimiento del PIB real convergerá al potencial en 2025 y 2026. Además, señala que la inflación se mantendrá por encima del 4% en los próximos trimestres, retornando al objetivo del 3% para la primera mitad de 2026. Asimismo, se espera que la pobreza y la desigualdad de ingresos disminuyan gradualmente a partir de 2024.

Un poco más optimista es el Ministerio de Hacienda, que en su escenario macroeconómico proyecta un crecimiento del PIB de 2,6% para 2025 y 2,2% para 2026. Estas cifras estarían respaldadas por un crecimiento del PIB minero de 3,5% en 2025 y 3% en 2026, y del PIB no minero de 2,5% y 2,1% en los mismos años, respectivamente. La demanda interna, en tanto y según las estimaciones oficiales, se incrementaría en 3% en 2025 y 2,5% en 2026, mientras que la inflación promedio anual se situaría en 4,4% y 3,1%, respectivamente.

En tanto, distintos expertos y académicos coinciden en que, para mejorar las perspectivas de crecimiento, es fundamental abordar desafíos estructurales que limitan la productividad y la inversión. Entre las medidas sugeridas se encuentran la reducción de barreras regulatorias, la promoción de la adopción tecnológica, el fomento de la competencia, la mejora de la educación y las capacidades gerenciales, y el aumento de la participación laboral femenina y la calidad del empleo. Además, se destaca el potencial de Chile para beneficiarse de la transición hacia energías renovables, dada su abundancia de recursos como el cobre y el litio, esenciales para la electrificación.

No obstante, se identifican riesgos que podrían afectar estas proyecciones. Factores externos, como la incertidumbre en la economía global, tensiones geopolíticas y fluctuaciones en los precios de las materias primas, podrían impactar negativamente en el desempeño económico de Chile. Internamente, la capacidad de implementar reformas estructurales y mantener la estabilidad política y social será crucial para sostener el crecimiento económico en los próximos años.

Comparación con las economías de LA

No hubo analista capaz de anticipar la sorpresa económica total que trajo diciembre, con un Imacec de 6,6%, el mayor que ha visto el país casi tres años. Con esto, el Producto Interno Bruto (PIB) chileno se expandió un 2,6% durante 2024, superando la proyección de 2,4% que tenía el Gobierno.

Una noticia que ha sido destacada en Chile, considerando las pobres perspectivas que se tenían para la actividad. Sin embargo, el desempeño económico del país no destaca entre sus vecinos.

Del grupo de 15 mayores economías de América Latina, la mayoría creció en 2024 a tasas superiores al 3%, según datos actualizados del Banco Mundial. Es decir, Chile creció el año pasado aún por debajo de la media de ese conjunto.

Por ejemplo, la mayor economía regional, Brasil, avanzó en 2024 a un ritmo de 3,2%, indica el informe «Global Economic Prospects» del Banco Mundial, publicado en enero pasado. Del resto de las economías latinas que conforman el top ten continental (México, Argentina, Colombia, Chile, Perú, República Dominicana, Ecuador, Guatemala y Costa Rica, en ese orden), la mayoría fue más dinámica que Chile.

Así y mirado en perspectiva, el crecimiento 2024 de Chile fue más bajo que el de la economía mundial: 2,7%. Asimismo, para 2025, el Banco Mundial prevé que Chile crezca un modesto 2,2%, todavía por debajo del 2,7% señalado como estimación para el resto del mundo.

Análisis y proyecciones

Respecto de las expectativas sobre el desempeño de la economía chilena para los próximos años, los analistas coinciden con lo señalado por diversas entidades a nivel nacional e internacional.

Cristián Cifuentes, analista senior de CESCO, señala que “si bien se ha observado un mayor dinamismo, con un crecimiento del PIB de 2,6%, reflejado en el último IPOM de marzo, las señales para los próximos años son un poco difusas. Por un lado, para el 2025, el Banco Central ajustó al alza las expectativas de crecimiento en rangos de 1,75–2,75%, y mantiene entre 1,5 y 2,5% para 2026. Si bien la inflación sigue alta (4,7% en febrero), se espera que llegue a la meta del 3% a inicios de 2026”.

Este panorama, según Cisternas, estaría influido por variables externas, como la dependencia productiva hace que el comportamiento del precio del cobre sea un factor clave, así como la evolución de la demanda global, especialmente desde China. “También podrían incidir variables internas, tales como la certeza jurídica de países productores, el clima político y el avance de reformas estructurales, que es lo que hemos visto en EE.UU., China y la UE recientemente. Sin embargo, desde CESCO somos conscientes que el panorama internacional es incierto, con riesgos geopolíticos evidentes, guerras comerciales y desaceleración global, especialmente en EE.UU. Aun así, el impacto externo sobre Chile se estima acotado en el corto plazo”.

Como ha venido ocurriendo desde hace algunos años, en CESCO creen que la minería jugará un papel estratégico, sumado a otros sectores clave, como energía e infraestructura. “La minería, en particular, se consolida como un eje estructural del crecimiento, con una cartera de inversión que, según Cochilco, alcanzaría los US$ 83 mil millones hacia el año 2033. De este monto, cerca del 52% se ejecutaría en el corto plazo, entre 2024 y 2026, gracias a la incorporación de nuevos proyectos y expansiones relevantes como Los Bronces Integrado (Anglo American), Chuquicamata Subterránea (Codelco) y el proyecto en el Salar de Maricunga”, destaca el analista senior de CESCO.

En paralelo, el sector energético experimenta una transformación estructural hacia fuentes limpias, con el objetivo de retirar el 50% de las centrales a carbón para 2025. Asimismo, el área de infraestructura presenta proyectos de alto impacto, como el suministro de agua desalinizada para las operaciones del Distrito Norte de Codelco.

A esto se suma la Estrategia Nacional del Litio, que busca diversificar la matriz productiva nacional mediante el desarrollo público-privado del recurso y su integración en cadenas de valor tecnológicas. Todo este conjunto de iniciativas apunta a consolidar un ciclo de inversión con mayores ingresos fiscales”, concluye Cifuentes.

Una apreciación similar tiene el gerente general de la Corporación de Bienes de Capital (CBC), Orlando Castillo, quien destaca que el mayor dinamismo estará principalmente influenciado por un crecimiento significativo de la inversión en minería, junto a una recuperación progresiva del ritmo de inversión en el sector eléctrico y la continuidad en un alto nivel de la inversión en obras públicas. 

En el caso minero, el catastro actual de proyectos con cronograma vigente de construcción, es liderado por proyectos en la región de Antofagasta, con AMSA como principal empresa inversora. En el caso de energía también se produce una alta concentración de proyectos en la región de Antofagasta, con una elevada participación de proyectos de generación fotovoltaica y proyectos de almacenamiento del tipo BESS.

En el caso de obras públicas, un volumen significativo de obras se asocia a proyectos de Metro y EFE, como también en proyectos distribuidos nacionalmente con financiamiento privado, a través del sistema de concesiones”, aclara Castillo.

¿Y el ajuste del sector público?

Muchos analistas vienen advirtiendo que el alto endeudamiento público constituye en sí un problema y una condicionante para el potencial de crecimiento de la economía. Es más, el propio Ministerio de Hacienda ha anunciado importantes ajustes en varias carteras y servicios públicos, todo esto luego de que se conociera que el balance fiscal estructural de 2024 fue de -3,2% del PIB, lejos de la proyección de -1,9% originalmente estimada por el Gobierno.

Sobre este punto, Cesco estima que “si bien es cierto que existe una discusión sobre el aumento de la deuda pública y su consiguiente presión sobre las finanzas públicas, que según algunas proyecciones podría superar el 40% del PIB en 2024, el nivel más alto en 34 años, es importante entender que hay otras variables en el país que también necesitan especial cuidado”, señala Cifuentes.

Por lo mismo, concluye, “si bien es sumamente importante ordenar las cuentas públicas hoy, sobre todo viendo que el crecimiento aún entrega cierto respiro, también es relevante implementar medidas multisectoriales proinversión, que permitan sostener el gasto público y las demandas de la sociedad”.

En la misma línea, desde la Corporación de Bienes de Capital (CBC) advierten que cerca del 30% de los proyectos que se ejecutan a nivel país, se realizan con financiamiento público, por lo que un déficit fiscal prolongado efectivamente podría afectar el compromiso de este tipo de iniciativas. “Por ello, parece razonable el poder controlar variables como el gasto público en áreas de poca eficiencia y, por otro, facilitar simultáneamente el crecimiento y la inversión privada con una mayor celeridad y certeza de los procesos de tramitación de permisos ambientales y sectoriales”, concluye Orlando Castillo.